La bruja vivía arriba de una ferretería.
Eso ya debería haber sido sospechoso.
Pero el barrio estaba demasiado ocupado sobreviviendo como para andar detectando hechiceras.
Además, ella hacía un esfuerzo considerable por parecer una señora común.
Usaba pantuflas gastadas.
Compraba verduras los martes.
Se quejaba de la humedad.
Y tenía un cableado emocional tan precario como el eléctrico del edificio.
Solo había pequeños indicios.
Por ejemplo:
las plantas florecían demasiado rápido en su balcón.
Los gatos la seguían.
Y las personas tristes se demoraban más de la cuenta cuando hablaban con ella.
La bruja tenía una especialidad muy específica:
magia doméstica para almas agotadas.
No hacía grandes hechizos.
Nunca invocó demonios.
Nunca convirtió príncipes en sapos.
Nunca lanzó bolas de fuego.
Le parecía muchísimo trabajo.
Su magia era otra cosa.
Más pequeña.
Más rara.
Más útil.
Encantaba tazas para que el café supiera un poco mejor cuando alguien estaba a punto de llorar.
Dormía mantas para que abrazaran distinto.
A veces le quitaba el filo a ciertos recuerdos antes de que atravesaran a alguien en mitad de la noche.
Una vez embrujó una silla para que dejara de hacer doler la espalda.
Duró dos días.
Hay límites incluso para la magia.
De madrugada trabajaba en silencio frente a una mesa llena de frascos absurdos.
Etiquetados a mano.
“Cansancio acumulado.”
“Palabras que no salieron.”
“Nostalgia de algo que nunca pasó.”
“Belleza encontrada por accidente.”
Ese último frasco brillaba apenas.
Era el más difícil de conseguir.
La bruja recolectaba pequeñas bellezas invisibles que las personas descartaban sin darse cuenta.
Un gesto mínimo.
Una risa agotada.
Una frase escrita y borrada.
Un collage incomprensible terminado a las cuatro de la mañana.
Guardaba todo.
Decía que algún día el mundo iba a necesitar reservas de ternura.
Y ella prefería estar preparada.
Una noche sintió algo extraño.
Una especie de temblor suave en el aire.
Como cuando alguien está muy cansado pero sigue creando igual.
La bruja cerró los ojos.
Siguió el rastro.
La magia la condujo hasta una ventana iluminada varias calles más allá.
Adentro había una mujer despeinada frente a una computadora vieja, rodeada de imágenes, textos abiertos y sueños medio rotos.
La mujer estaba quieta.
Mirando la pantalla sin escribir.
Como si se hubiera vaciado por dentro.
La bruja suspiró.
—Ay, no. Otra artista cansada.
Agarró un frasco pequeño.
Uno muy antiguo.
La etiqueta decía:
“Última chispa para cuando ya no quede nada.”
Lo abrió apenas.
Solo un poquito.
Porque esa magia era peligrosa.
Demasiada inspiración de golpe podía hacer que una persona quisiera rehacer toda su vida a las tres de la mañana.
El humo dorado salió por la ventana de la bruja, atravesó calles dormidas y entró silenciosamente en el departamento de la mujer.
Nada explotó.
No hubo luces.
No sonaron campanas mágicas.
La mujer simplemente parpadeó.
Después abrió una carpeta vacía.
Y escribió un título.
Sonrió apenas.
La bruja, desde lejos, sintió alivio.
Cerró el frasco.
Le quedaba muy poco.
Entonces murmuró algo que ninguna academia de magia enseñaría jamás:
—Bueno… una más y me voy a dormir porque me duele todo.
Y probablemente esa era la frase más poderosa que había pronunciado en siglos.





